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miércoles, 17 de julio de 2013

Un teléfono que puede recargarse con orina

Un equipo de científicos en Reino Unido ha conseguido cargar la batería de un teléfono móvil con un combustible que no escasea: la orina.
Olvidarse el cargador de la batería del celular es un quebradero de cabeza para mucha gente. Y más teniendo en cuenta la autonomía de los smartphones, cuyas baterías suelen estar casi vacías al final del día.
A no ser que se tenga suerte y se encuentre a alguien con un cargador del mismo modelo o marca, las posibilidades de terminar la jornada sin teléfono son altas.
Pero, ¿qué pasaría si para recargar nuestro móvil no necesitásemos de ningún tipo de cargador? ¿Y si ni siquiera necesitásemos de un enchufe?
Esto es lo que parecen haber descubierto un grupo de científicos británicos que pueden haber dado con la forma más fácil de darle energía de nuevo a las baterías celulares, para lo cual sólo habría que estar bien hidratado.
Batería orgánica
Investigadores de la Universidad de Bristol y del Laboratorio de Robótica de Bristol en el suroeste de Inglaterra aseguran haber usado celdas de combustible biológicas que convierten desechos en electricidad, para cargar un teléfono móvil.
Los científicos probaron el mecanismo en un dispositivo Samsung, con el que hicieron una llamada, mandaron un mensaje de texto y navegaron en internet.
"Lo mejor de esta fuente de combustible reside en que no depende de la errática naturaleza del viento o del sol; estamos realmente reduciendo desechos para crear energía. Un producto del que podemos estar seguros que siempre tendremos reservas es nuestra propia orina", le dijo uno de los autores del estudio, Ioannis Ieropoulos, a la agencia AFP.
El proceso con el que lo lograron fue el siguiente: el equipo cultivó bacterias en ánodos de fibras de carbono y las ubicó dentro de cilindros de cerámica.
Las bacterias rompieron los componentes químicos en la orina que pasó a través de los cilindros, lo que generó una pequeña carga eléctrica que fue almacenada.
Ieropoulos espera que estas celdas, que ahora tienen el tamaño de la batería de un auto, puedan ser desarrolladas con varias aplicaciones.
Primero en el mundo
La investigación es parte de un proyecto impulsado por la fundación de Bill y Melinda Gates y el Consejo de Investigación de Ciencias Físicas e Ingeniería.
A pesar de que el biocombustible lleva tiempo usándose para generar energia, Ieropoulos afirma que el proyecto es único en el mundo y que es muy ecológico.
"Usar el producto de desecho definitivo como fuente de energía es lo más ecológico a lo que podemos aspirar", afirma el investigador.
La idea de producir energia con desechos humanos no es nueva pero sí parece ser la primera vez en que se prueba en dispositivos tecnológicos como celulares.
Hace tres años ingenieros británicos anunciaron el "Bioescarabajo", el primer auto que funciona a gas metano, un hidrocarburo generado por los excrementos humanos y otros desperdicios orgánicos
Si el invento de Ieropoulos y compañía funcionase a nivel comercial se podrían haber acabado los quebraderos de cabeza, y a partir de ahora no habría que preocuparse tanto en buscar enchufes ni cargadores.
Tan solo habría que tener mucha agua para beber a mano.

viernes, 12 de julio de 2013

Células solares baratas

Desde mediados de la década de 1980, los investigadores del sector de la energía solar han experimentado apilando o mezclando componentes de polímeros para crear nuevas células solares, obteniendo poco éxito. En los casos en los que se logra una buena eficiencia, el costo es muy alto. Si el costo es bajo, la eficiencia es bajísima. Los resultados obtenidos en una nueva línea de investigación prometen conseguir una eficiencia aceptable y un costo muy bajo.

Esta línea de investigación se basa en una nueva versión de células solares creadas por laboratorios de la Universidad Rice en Houston y la Universidad Estatal de Pensilvania, ambas en Estados Unidos.

Los dispositivos fotovoltaicos creados en un proyecto dirigido por el ingeniero químico Rafael Verduzco de la Universidad Rice y el ingeniero químico Enrique Gomez de la Universidad Estatal de Pensilvania, se basan en copolímeros de bloque, que son materiales orgánicos autoensamblados capaces de configurarse por sí mismos en capas distintas. Estas células solares son mucho mejores que otras células que tienen compuestos poliméricos como elementos activos.

Aunque las células solares comerciales hechas de silicio convierten alrededor del 20 por ciento de la luz solar en electricidad, y las experimentales basadas en el mismo material alcanzan un 25 por ciento, la perspectiva de disponer de paneles solares menos eficientes pero muy baratos es tan interesante o más, ya que un uso extendido de la energía solar sólo se logrará si el precio de venta de los paneles solares desciende hasta niveles asequibles para el ciudadano normal.

Las nuevas células solares desarrolladas por los científicos de las dos universidades citadas alcanzan cerca de un 3 por ciento de eficiencia, pero cuentan con propiedades muy interesantes para conseguir que su costo de producción, una vez se las fabrique en cantidades industriales, sea notablemente bajo.

En la Universidad Rice se descubrió un copolímero de bloque (P3HT-b-PFTBT) que se separa en bandas de cerca de 16 nanómetros de ancho. Más interesante para los investigadores ha sido la tendencia natural de estos polímeros a formar bandas perpendiculares con respecto a superficies de vidrio. El copolímero fue creado en presencia de una capa superior de vidrio / óxido de estaño e indio (ITO, por sus siglas en inglés) a unos modestos 165 grados centígrados.

Con una capa de aluminio en el otro lado del dispositivo construido por el equipo de la Universidad Estatal de Pensilvania, las bandas de polímero se estiran de un modo que proporciona un camino claro para que fluyan los electrones.

Ya se sabía, desde la teoría, que los copolímeros de bloque son candidatos excelentes para células solares orgánicas, pero hasta ahora no se había conseguido alcanzar una eficiencia fotovoltaica lo bastante buena con ellos.

En el trabajo de investigación y desarrollo también han participado Yen-Hao Lin y Kendall Smith de la Universidad Rice, Changhe Guo y Matthew Witman de la Universidad Estatal de Pensilvania, Cheng Wang y Alexander Hexemer del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley (Berkeley Lab), en California, y Joseph Strzalka del Laboratorio Nacional estadounidense de Argonne en Illinois, en Estados Unidos todas estas instituciones.